• Sábado , 25 marzo 2017

FELICES LOS MISERICORDIOSOS

La misericordia de Dios nos remite a la de los hombres, ya que fuimos creados “a su imagen y semejanza”. Que podamos ser felices siendo misericordiosos, es una Buena Noticia que nunca tendríamos que olvidar.

Misericordia es una palabra que tiene el mismo origen que “miseria”. Pero le agrega algo muy importante: “cordia”, que significa corazón. Por eso ha sido definida como la capacidad de “pasar por el corazón las miserias humanas”.

Y todos somos un poco miserables (o mucho), porque ¿quién no ha sido alguna vez avaro, mezquino, egoísta, orgulloso, prepotente, cobarde, mentiroso?…

Y creo que, a pesar de todo, a ningunos de nosotros, aún en nuestra miserias, nos gustaría ser juzgados o tratados con dureza o rencor.

Por eso, en el Evangelio, se nos invita de muchas maneras a ser misericordiosos y a no dejarnos llevar por el espíritu de revancha, el resentimiento o la dureza de mente y de corazón. Porque cuando nos enojamos o nos dejamos vencer por la ira, algo se oscurece en nosotros, perdemos la paz y “empieza a ganar la pulseada” el demonio de la amargura o el desaliento.

Pero la misericordia va todavía más allá. Porque se inclina para ayudar, para acompañar, para perdonar, para levantar al caído. Esto es lo que hace Dios, que es la fuente de la misericordia.

Claro que esto no es fácil, precisamente porque también está en nosotros la miseria. Y, a veces, preferimos actuar con miseria ante la miseria ajena. Por eso, tenemos que levantar los ojos y dirigirlos al Dios misericordioso para que nos muestre el camino y nos ayude a recorrerlo. Porque nadie podrá hacer este camino solo.

Este trayecto es duro y hermoso, y es el mismo seguido por  Dios – aún hoy -,  para salvar a los hombres..

En toda su extensión se encuentran las flores más hermosas, y se huele el perfume santo del Espíritu de Dios.

Este Dios “Padre y Madre” está constantemente prodigándonos su amor misericordioso. Nos perdona siempre, nos tiene una paciencia infinita, nos aguarda con los brazos abiertos, nunca nos rechaza cuando vamos hacia El.

Por eso, el Papa Francisco nos ha regalado este jubileo de la misericordia, para ser cada vez más consciente de la incomparable misericordia de Dios; para que podamos encarnarla y comunicarla entre nosotros. Siendo misericordiosos, nos parecemos cada vez más a Él, y experimentaremos una paz “que nadie ni nada nos podrá robar.”

Cuando los mártires cristianos, perdonaban a sus verdugos y, muchas veces, hasta ofrecían la vida por ellos, daban el testimonio más elocuente de la misericordia de los creyentes. Como dijo uno de ellos, antes de morir: “Tú no me matas, yo muero para ir al encuentro de mi Señor. Y ofrezco mi vida para que tú también puedas llegar a El.

 

Fabián Cáceres

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