• Sábado , 22 julio 2017

En Plaza Huincul y Cutral-Co, Neuquén: Una ermita de Ceferino, lugar de paso cotidiano para los fieles.

Ubicada en el paraje Neuquén del Medio, a 35 kilómetros de Plaza Huincul y Cutral-Co, en la provincia de Neuquen, la ermita de Ceferino recibe diariamente cientos de visitas.

Hace pocos años, en 2013, se colocó una gigantesca estatua de Ceferino ataviado como sus paisanos. Mide  4,70 metros y fue realizada por Aldo Beroísa.

 

 

Para el cumpleaños de Ceferino, a finales de agosto, se realiza en el lugar la tradicional cabalgata, donde participan  más de un centenar de jinetes.  Durante el resto del año, es un espacio de recogimiento y de fe en el que los devotos que pasan por el lugar, hacen un alto en el camino para encontrarse con Dios, a través del joven mapuche, sin esperar acontecimiento extraordinario que los convoque.

El diario Rio Negro realizó este verano una cobertura en la cual resaltó el fenómeno que suscitado por dicha ermita. La periodista Laura Loncopan Berti, la visitó, e trazó una interesante semblanza que compartimos a continuación.

 

El santuario popular recibe diariamente a personas que interrumpen su recorrido para dejar sus ofrendas: una oración, una vela. Quien llega sabe que debe tocar la campana al entrar y al irse, como hizo un joven cantante zapalino junto a su padre, del que heredó la devoción (ver recuadro).

Dentro del templo hay cascos de trabajadores, muchos de ellos petroleros que agradecen “por poder volver a casa” (ver recuadro). También camisetas de clubes, permisos de pesca deportiva, títulos de bachillerato, licencias de conducir, imágenes de Cristo, dinero, placas alusivas, flores, fotos carnet, estampitas, y un cuaderno para quien quiera dejar un mensaje.

Es un día de semana cualquiera, a la tarde, y el sol azota impiadoso. No cesa el paso de personas que vienen en camión, auto, moto, bicicleta. Suena la campana otra vez, alguien se persigna. El sonido se mezcla con el de la cigüeña petrolera, usada para sacar agua, ubicada en el fondo de la proveeduría que atiende Nelly. El local es un oasis para los visitantes y para la propia Nelly, quien hace catorce años está allí y pronto regresará a Cutral Co (ver recuadro).

Uno de los últimos devotos que pasa aquella jornada, Miguel, de 81 años, se ofrece a conversar sin problemas, como la mayoría.

–¿Qué lo trae a Ceferino?

–La Fe. Ella nos impulsa a seguir adelante.

 

RECUADROS

 

“Venimos de Zapala y vamos para Allen”, dijo Guillermo Quiroz (33), quien junto a su grupo, debutó en la Fiesta de la Pera, el viernes 22 de enero, e hizo un alto en el camino para recibir la bendición de Dios por la intercesión del beato.

Ingresó a la ermita con un mate en la mano izquierda, mientras que con la derecha tocó la campana para anunciar su llegada. “Soy devoto de Ceferino por mi viejo. Él nos transmitió la devoción a nosotros y nosotros, a nuestros hijos. Siempre que pasamos por acá es un punto de referencia. Agradecemos porque estamos bien de salud, tenemos trabajo y y hay unión en la familia”, aseguró.

Su papá, Jorge (62), agregó: “Tratamos de pasar, prender una vela. Siempre estamos en las fiestas de Ceferino, tanto en Chimpay como en San Ignacio. Yo le pido que nos acompañe en el viaje y que el espectáculo que van a ofrecer los chicos sea del agrado de la gente. Mi nuera, está por tener un hijo. Por eso, ahora también le pedimos que nos ayude. Faltan horas para que nazca”.

 

Detuvo su camioneta blanca con el logo de YPF debajo del árbol, frente al santuario. Bajó, saludó y fue al encuentro de Ceferino.

“Hoy a la mañana pasé temprano y no pude parar, cuando ando con el tiempo muy jugado no paro, cuando vengo tranquilo sí”, afirmó al salir de la ermita Carlos Demis (32), trabajador petrolero.

“Soy de Cutral Co y voy a Neuquén, cada vez que paso por la 22, acá o hacia Bariloche, entro”, agregó.

El joven dijo: “Soy devoto de Ceferino por mis viejos, porque además me ha respondido bastante a las cosas que le he pedido. Agradezco poder volver a casa. Hago una oración y cuando puedo, traigo velas. Paso, rezo y vuelvo”.

 

Nelly Botha (58) hace catorce años que atiende el local que se encuentra a pocos metros de la ermita. “Esto es las 24 horas, los 365 días del año. No hay feriados”, confesó entre risas.

“Yo nunca había creído en los santos, pero acá es creer o reventar. Tuve un problema familiar y a la noche me iba a la capilla y le pedía a él por mi familia, por mi nieto, por mi hijo. Yo le hablaba, él me escuchaba. Tenía una sociedad con otro señor y se terminó. Le pedí que si él me ayudaba, lo iba a servir, a atender, a limpiar. Y se me dio, dos años esperé. Un 21 de septiembre el dueño del local me llamó y me vine. Él me ayudó, mi paisano; yo lo llamo así, a Ceferino”, contó.

En cuanto a las personas que pasan por el local, dijo Nelly: “Vienen del mundo entero”.

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