• Sábado , 25 marzo 2017

Don Bosco en una de las cárceles mas pobres del mundo.

LA MISERICORDIA: DEL CORAZÓN A LA ACCIÓN

ANUNCIANDO LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO

EN EL INFIERNO AFRICANO:

DON BOSCO EN LA PRISIÒN PADEMBA DE SIERRA LEONA

 

Hoy quisiera compartir con ustedes, algo sobre Sierra Leona, otro de los países donde se desarrolla mi trabajo misionero. Es un lugar hermoso, desde el punto de vista geográfico, con sus selvas, sierras y playas de arenas blancas y aguas cristalinas. Cuenta con una población de 5.000.000 de habitantes,  3.200.000 de los cuales, tienen menos de 25 años de edad. Rico desde el punto de vista de sus recursos naturales (por sus yacimientos de diamantes), ocupa uno de los últimos lugares en la lista de “países desarrollados” (puesto183, entre 187). Como siempre digo: “país rico, pero muy pobremente administrado por sus gobernantes (Sierra Leona es uno de los países más corruptos del planeta, según un estudio de Transparencia internacional).

Lamentablemente, a este estado africano, le tocó padecer una de las guerras civiles más largas y crueles de la humanidad,  con un saldo de miles de muertes inocentes. Los misioneros salesianos permanecieron siempre al lado de la gente durante todo el conflicto, y se ocuparon  – desde el año 2001 –  de la recuperación de cientos de niños y niñas soldados.

Actualmente, tenemos un programa llamado Don Bosco Fambul (Familia, en lengua crio), que se ocupa de la niñez en riesgo: chicos de la calle, huérfanos del Ébola, niñas y jóvenes sexualmente abusadas, etc. Con varias iniciativas llegamos a las periferias de la capital, Freetown, con el objeto de encontrarnos con chicos abandonados. Para ello tenemos, entre otras cosas, el “Don Bosco móvil”, un ómnibus convertido en una especie de oratorio, que recorre los barrios. Contamos además con un hogar donde residen los chicos de la calle, un programa que busca contactar a sus familias para lograr la posible re-unificación, una línea telefónica a la que pueden llamarnos niños y jóvenes en busca de consejo y ayuda, y un refugio para chicas abusadas sexualmente llamado Laura Vicuña.

 

Un lugar difícil de llegar…

Más allá de todo lo que hemos realizado por la niñez en riesgo, había un lugar de la periferia al que no habíamos podido entrar: “Pademba Prison”, la prisión de Pademba. Allí, cientos de adolescentes y jóvenes se “pierden” literalmente. Comparten celda con adultos y criminales de todo tipo. Así es que, con el mismo espíritu que movió a Don Bosco a visitar la cárcel de la Generala en Turín, en 1841, mantuvimos una entrevista con el Director de la “Pademba Prison”. Nos recibió cortésmente y nos manifestó: “Hemos escuchado acerca de Don Bosco. Los hemos estado esperando desde hacía mucho tiempo”. Para mi sorpresa, esas eran las mismas palabras que los chicos africanos le “gritaban” a Don Bosco en su sueño misionero (aquel de la línea entre Hong Kong a Valparaíso): “¡Te hemos estado esperando desde hacía tanto tiempo!”. Inmediatamente, este funcionario del establecimiento carcelario, organizó una visita y, por primera vez en tres décadas, pudimos visitar ese “infierno en la tierra”.

Pensada para 300 personas, la prisión hoy tiene una población de 1.876 presos. El olor en las celdas es fuerte y penetrante, mezcla de sudor, orín y heces humanas. Visitamos las celdas, la cocina, la enfermería, los talleres, y los patios. Todas esas áreas presentaban un avanzado grado de deterioro y abandono,  excepto una capilla católica construida por un misionero muchos años atrás.

En la recorrida, esqueléticos presos con sus miradas perdidas y desesperanzadas, nos regalaban de cuando en cuando, alguna sonrisa. Pudimos ver algunos adolescentes que gritaban, y pedían que los sacáramos de ese lugar.

Allí no había agua corriente. Y nos enteramos que los presos comían una vez al día y dormían hacinados, más de treinta en una celda pensada para cinco. Tampoco había un lugar donde lavar la ropa o tomar una ducha (un camión cisterna iba a diario a la prisión y el agua se usaba principalmente para la cocina).

 

Juan Bosco encarcelado

Ahí encontré a un jovencito de 18 años llamado (para mi sorpresa) Juan Bosco. Recuerdo que le dije que con ese nombre no debía estar en un lugar así. Se rió y me contó  su historia, la cual, me conmovió hasta las lágrimas. Había perdido a sus padres durante la guerra civil, y decidió ir a la capital en busca de trabajo. La policía lo había encontrado deambulando por las calles durante la noche; lo tomaron y lo llevaron directamente a la prisión, sin juicio, sin ningún razón, sin defensa, simplemente porque era un “potencial delincuente”. A nadie notificaron sobre el procedimiento realizado y el muchacho, debió  permanecer recluido durante dos años en ese infierno. Me contó cómo los “macho boys”, los muchachos más grandes, le quitaban los pancitos por la mañana y limitaban su desayuno a una taza de té amargo. Lo mismo pasaba con la salsa de su arroz al mediodía; Durante la noche, tenía que abanicar a esos internos, para combatir el calor y los mosquitos.  Debía dormir en cuclillas porque no había lugar para que todos pudieran permanecer acostados. Por  la mañana, tenía que limpiar la celda y vaciar la lata con orín y heces. Me contó en su lengua (crio) cómo había sido utilizado para realizar él “trabajo de hombre y mujer”, una manera delicada de confesar que había sido abusado sexualmente, pero que a nadie le habían importado sus quejas, porque ese era su destino. Me dijo que podría haberse salvado de esa experiencia dolorosa y humillante, si alguien hubiera pagado una fianza de 10.000 leones, equivalente a 2 dólares americanos. Esa persona nunca apareció.

Me confió también que en prisión había pensado en quitarse la vida varias veces pero su encuentro con Don Bosco le había devuelto la esperanza y las ganas de vivir; de reconciliarse con su pasado, de perdonar y volver a empezar.

 

Hoy, gracias a Dios, Juan Bosco – el africano-  está fuera de la prisión Pademba. Ha vuelto a sonreír, y sus heridas externas e internas han cicatrizando lentamente. Ha aprendido un oficio, y se ha adherido al Movimiento Juvenil Salesiano. Me confió también que en prisión había pensado en quitarse la vida varias veces, pero que su encuentro con  Don Bosco le había devuelto la esperanza y las ganas de vivir; de reconciliarse con su pasado, de perdonar y volver a empezar.

 

¿Y los otros “Juan Bosco”?

Y así sigue la historia. Los salesianos visitan la prisión, todos los viernes. Entran temprano y se van al atardecer. Celebran la Eucaristía, rezan, cantan, se encuentran con los adolescentes y jóvenes para escuchar sus historias y buscar ayuda legal para resolver sus casos. Ya son más de treinta los que han salido de la prisión. Varios viven en una casita especial; están comprendidos en un programa llamado “Group home” (Familia Grupo) donde viven, y estudian para poder rehacer sus vidas.

Jesús, en Mateo 25, nos invita “a poner la misericordia” en acción, a ser gauchos, a sentir dolor con el que sufre abandono, injusticia y soledad: “Entren al Reino benditos de mi Padre porque estuve preso y enfermo y me vinieron a visitar, porque todo lo que hicieron a uno de estos,  mis pequeños hermanos, a mí me lo hicieron”.

Recojo unas palabras de Mamerto Menapace: “que la muerte nos encuentre vivos”;  trato de hilvanar una pequeña oración: que en el momento del juicio, Tata Dios no nos halle con la boca llena de la palabra misericordia, con un corazón gélido, y las manos vacías de obras.

Debemos saber que, en definitiva, la misericordia no pasa por lo simplemente discursivo,  sino – y sobre todo – por una disposición interior, por un testimonio de vida claro que la encarne, que se manifieste a través de las obras.

Dios los bendiga y ¡Hasta la próxima mateada!

P. JORGE CRISAFULLI

GHANA – AFRICA

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