• Sábado , 22 julio 2017

Desde la misión: EL PODER DEL SERVICIO

 

Compartimos el testimonio de un hermano mapuche del norte neuquino, y la visión de  un misionero del lugar sobre el verdadero concepto de autoridad

Hace algunas semanas me visitó un referente de una de las comunidades mapuches comprendida dentro del extenso ámbito donde desarrollamos nuestro trabajo pastoral. Me saludó en su lengua, y recordé que más de uno de sus hermanos me había dicho que ello significaba ser parte de su familia. Nos identificamos inmediatamente. Yo lo recordaba como aquel adolescente que le dio una de las más grandes alegrías al Padre Francisco Calendino,  cuando le manifestó, en nombre de sus compañeros, que necesitaban un retiro espiritual. También él lo recordaba…

Brevemente me habló de sus últimos años: había sido elegido lonko (jefe) civil de su comunidad y, luego, animador pastoral de la misma. Sin embargo, en este momento, era simplemente un peñí (hermano). Sus preocupaciones familiares y su compromiso habitual con los suyos, eran carga suficiente para sus espaldas, y no quería tomar más responsabilidades. A sus dos hermanos que se habían postulado para ocupar esos cargos,  los veía suficientemente maduros para confiar en ellos. Gustoso, los cedía, y se comprometía a estar a su lado para ayudarlos cuando fuera necesario.

No puedo evitar la comparación de semejantes actitudes, con otras tan distintas de winkas occidentales y cristianos, que sancionan leyes turbias, procuran perpetuarse en sus cargos, vacían las arcas públicas, ofrecen cargos a familiares, amigos o correligionarios, dificultan el desempeño de sus sucesores, se traban en disputas de facción o se desentienden de los padecimientos reales del pueblo mandante, muchas veces sometido a privaciones injustificables, en un país con tantas posibilidades como el nuestro.

Frente a la noble modestia y magnánima disponibilidad de ese joven mapuche, recordé aquel pasaje evangélico en el que Jesús “estremeciéndose de gozo” (loco de contento, diríamos hoy…), exclamó: “Te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y astutos y las revelaste a los pequeños, a los humildes”.   

El objeto de su visita,  era la presentación del programa de las celebraciones de la Pascua en su comunidad.  En su exposición, se notaba la preocupación por respetar la auténtica “tradición”, aquello que no se ha de olvidar de los últimos días del Señor entre nosotros. Por consiguiente, no tuve necesidad de hacerle más preguntas…

Nos despedimos, como yo me despido hoy de Ustedes, diciendo.¡Peukallál Peñi! (chau hermano!)

 

P. Benjamin Stochetti

Noticias relacionadas

Deje un Comentario