• Sábado , 22 julio 2017

CUIDAR LA CASA COMÚN: MOVILIZA Y ATRAE

En enero de este año se desarrolló nuevamente, en el interior de la meseta chubutense, la Misión de Soles de la Región Sur de los Exploradores.

Convocados por el “¡Siempre Listos!”, cuarenta jóvenes dirigentes (denominados “soles”) de Batallones de las provincias de Santa Cruz, Chubut, Rio Negro y Buenos Aires se encontraron en Trelew para comenzar a vivir una profunda experiencia de fe y de servicio en las periferias de nuestra realidad patagónica. Cada uno provenía de diferentes ciudades y realidades, con sus mochilas cargadas de sueños y búsquedas (potenciados por el Bicentenario del nacimiento de su fundador, Don Bosco) y el cansancio luego de los campamentos regionales de la primera quincena del mes, donde participaron mas de un millar de chicos. Todos, pertenenciente al gran movimiento exploradoril que durante el año pasado festejó nada menos que sus cien años de vida en Argentina.

La meseta del Chubut se abre generosa a los hijos que retornan con ánimo de cuidarla. Como se abre cada puerta, de cada casa, invitando a entrar en el hogar, cual miembro de la familia que regresa después de mucho tiempo. En este Año Santo de la Misericordia, recuperar el cuidarnos, como signo característico de nuestra fraterna humanidad, moviliza y atrae. Y, como experiencia fundante de comunión, base de la misión, se hace una condición imprescindible para poder anunciar la alegría del Evangelio de la Vida.

Junto a los salesianos que los acompañaban, los jóvenes soles se dividieron en cinco grupos. Tres de ellos trabajaron en los pueblos de Telsen, Lagunita Salada y Gastre, en éste último por primera vez. Y a los otros dos les correspondió la misión rural, en la Costa y en el Puesto, de la Comarca del Gorro Frigio, sobre el valle del río Chubut.

En los pueblos, la tarea de los soles fue visitar a las familias, preparar bingos, torneos deportivos y otros eventos para reunir a la comunidad, realizar tardes de oratorio para los más chiquitos y, por la noche, encuentros para los adolescentes y jóvenes mayores. Y como parte de la tarea, salir al campo, recorriendo enormes distancias, medidas en leguas, para visitar a cada poblador rural, hacer algunas reparaciones e instalar varios paneles solares, y así llevar luz a donde no se la conocía. ¡Qué paradoja!, mientras las torres de alta tensión trasladan la energía eléctrica, desde los lagos cordilleranos hacia las ciudades costeras, abajo están los ranchos de nuestros paisanos alumbrados por la tenue luz de candiles y velas.

Un hilo conductor atravesaba todo el trabajo: acompañar, cuidar, ponerse al día, escuchar, aprender, abrazar. Compartir mates, torta fritas, juegos, se vuelve una excusa ocasional para compartir la vida, las alegrías y los dolores, de un pueblo que, como pedía Don Jaime de Nevares (el primer obispo de Neuquen), no quiere achicarse. En la crudeza del clima, en las dificultades para ganar el pan, en la megaminería que arremete descuidando la tierra y el futuro de sus hijos, en la soledad, en la falta de agua, en los proyectos que a veces se truncan, el poblador de la meseta, curtido por años de lucha y sacrificio, sabe seguir adelante. Cuidar la Casa Común, como nos pide Francisco, para que la Tierra Madre en la que nació siga dando frutos de vida.

Cada explorador volvió de la meseta con el corazón lleno. Queriendo ser útil a su gente, el servidor se descubre afortunado, porque termina siendo él mismo el servido. Y sobre todo, retornó cada uno a sus ciudades convencido de que hay una esperanza de futuro y de vida comunitaria para la gente del interior profundo de nuestra Patagonia. No en vano, Tata Dios inspiró en los sueños de Don Bosco esta tierra fecunda, y llamó a sus hijos a caminar las áridas huellas y caminos con el corazón palpitante, apasionado y junto a los hermanos.

Agustín Pelayo

La Plata

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