• Jueves , 27 abril 2017

A cuarenta años del golpe: MEMORIA, VERDAD, JUSTICIA

 Lilia Real (Lili) tenía 30 años cuando con su marido y su hijo de apenas un año los sorprendió la más cruel dictadura de la historia argentina. Lograron sobrevivir a duras penas a aquellos largos años de oscuridad.

 

Hoy, 40 años después, con dos hijos y___ nietos, nos cuenta en una entrevista aquellos años de dolor, cómo lograron continuar sin perder la esperanza, su mirada sobre la situación actual y un mensaje esperanzador para los jóvenes de hoy.

 

Lili vive junto a Daniel, su esposo, en la ciudad de Buenos Aires. Decidieron volver a vivir hace pocos años en la gran ciudad que los acobijó anónimamente en aquellos tiempos difíciles. Al proponerle este diálogo, Lili comienza la charla con una buena síntesis de los40 años transcurridos desde aquel fatídico 24 de marzo de 1976: “Es esperanzador ver que siempre la vida fluye, es generosa y misteriosamente, resurge con renovada fuerza y creatividad, aún de las oscuridades más profundas.”

 

– Cómo definirías a la década del 70, tu época de adolescencia y primeros años de juventud, previo al golpe de Estado de 1976.

 

Los inicios de la década del 70 fueron tiempos de intensa participación social, política y eclesial en amplios sectores de la juventud y de sectores obreros, crecía la conciencia de justicia, de derechos, de igualdad, de participación… de que otra sociedad de mayor justicia  y equidad era posible.

Con mi esposo militábamos en la juventud peronista (J.P.) y en los grupos cristianos: en la juventud universitaria católica (J.U.C.) y en Cáritas. A nuestro criterio, esta doble pertenencia, enriquecía nuestras vidas ya que intentábamos expresar nuestra fe al interior de la militancia por un lado y por otro analizar nuestras prácticas militantes a la luz de la fe, en un momento en que nuestra Iglesia era iluminada por el Concilio Vaticano II, buscando ser más fiel al seguimiento de Jesús y a nuestros hermanos más vulnerables.

 

Trabajábamos en la unidad básica de Villa Nocito, en el gremio de los empleados municipales y en el de los no docentes de la UNS. Por mi parte, trabajaba con las hermanas del colegio La Inmaculada, en la escuelita primaria de Villa Nocito, perteneciente a la Curia.  En todos estos espacios, con los compañeros y hermanos, hacíamos tareas de promoción social, de reflexión política, de comprensión de la realidad y de abordaje de los problemas específicos de la realidad barrial o sindical, con un sentido político de transformación de la realidad

 

– Cómo fueron aquellos años de la dictadura para los que tenían un compromiso social y político, como es el caso de ustedes

El 24 de marzo de 1976, se produce el golpe militar-cívico-religioso, instalando el terrorismo de Estado a través de un plan sistemático y coordinado de eliminaciones y represiones generalizadas que secuestró, torturó, desapareció o encarceló sin causa o con causas inventadas. Cientos de bebés nacidos en cautiverio fueron arrancados de sus madres y privados de sus verdaderas identidades y de sus familias.

 

Los militares no actuaron solos ni por su cuenta, tuvieron el apoyo incondicional de grandes grupos económicos y agropecuarios, grupos conservadores, medios de comunicación, sectores de la iglesia jerárquica y del poder judicial, lo que les permitió actuar con absoluta impunidad para desaparecer a 30.000 personas, destruir la industria nacional, aniquilar el movimiento obrero, empobrecer al pueblo, desintegrando su identidad política que era el peronismo.

Instalaron el terror, el silencio, la desconfianza, el individualismo, la delación, el sálvese quien pueda. Y paralelamente desde lo más profundo de la sensibilidad humana surgieron solidaridades pequeñas y silenciosas, manos anónimas tendidas, creatividades sorprendentes como las Madres de Plaza de Mayo y una resistencia heroica para sobrevivir sin perder la esperanza.

 

 

– ¿Qué sucedió en sus vidas cuando llegó el 24 de marzo de 1976?

Las actividades de persecución y represión ya habían comenzado con el gobierno constitucional de Isabel Perón, siendo implementadas por la triple A, dirigida por López Rega.

En  este contexto, en diciembre de 1975 sufrimos un primer allanamiento a cargo del Ejército en el domicilio donde habíamos vivido hasta hacía unos meses. Ingresaron al edificio con prepotencia y tiraron abajo la puerta del departamento que nos había pertenecido.

En los días subsiguientes se sucedieron tres allanamientos más, ahora sí, en la casa dónde vivíamos. Rompieron placares, mesadas, taparrollos, depósitos de agua, robándose diversos elementos de nuestro mobiliario: mesas, sillas, máquina de escribir, colchones, herramientas de jardín.

Cuando esto sucedía,  me encontraba en Buenos Aires con nuestro hijo de un año y mi esposo, se había quedado en Bahía Blanca para rendir una materia de de la universidad. Viajó y decidimos quedarnos en Buenos Aires hasta tanto ver cómo se sucedían los acontecimientos. Me fui por dos días y finalmente nos quedamos 11 años.

No elegimos Buenos Aires para refugiarnos, simplemente el azar quiso que nos encontráramos allí.

La gran ciudad nos permitió el anonimato y el encuentro providencial con personas que no conocíamos: el padre Mateo Perdía nos ofreció casa y comida en la parroquia de La Santa Cruz (lugar emblemático de la solidaridad humana hecha Evangelio) donde estuvimos varios días, luego nos prestaron, por unos días, un departamento cuyos dueños nunca conocimos… Era la solidaridad que se hacía acogida…

Así es que el 24 de marzo nos encuentra en Bs. As, buscando trabajo y vivienda,  abruptamente desarraigados de todo nuestro pasado, de nuestros amigos, compañeros y familiares, lejos de Bahía.

 

-¿Por qué valorás tanto a la Parroquia de la Santa Cruz de Buenos Aires?

Porque históricamente fue fiel al mensaje evangélico. En los años del terrorismo de Estado dio cobijo a militantes obreros, estudiantes, a familias como nosotros, diarigentes gremiales. Allí se reunían las Madres.

Cuando a Mateo Perdía, el párroco de aquellos años, le comentamos que teníamos problemas políticos, no nos dejó aclararle nada más y nos dijo “me basta con saber que necesitan, acá pueden quedarse”. Es difícil trasmitir lo que sentimos en aquel momento en que estábamos a merced de la muerte… Durante el tiempo que permanecimos en la parroquia Juan Pablo aprendió a caminar en sus jardines. Para nosotros fue una experiencia salvífica, de resurrección.

 

– ¿Qué es lo que mas recordás de aquellos años donde los sueños se truncaron, donde intentar sobrevivir cada día, sin poder imaginar un mañana venturoso, era la moneda de cada día?

Esta pregunta me lleva a pensar cómo contarles a las nuevas generaciones, lo que es una parte de nuestra historia reciente, pero que para mi generación fue parte dolorosa de nuestra vida cotidiana.

 

Los dos primeros años del terrorismo de Estado fueron paralizantes: teníamos miedo, nuestros amigos y compañeros comenzaban a caer, a desaparecer, a morir en enfrentamientos fraguados. Los íbamos contando… ¡Llegamos a contar 22 compañeros muertos o desaparecidos! Pero contar era desesperante, el dolor se hacía más intenso, el horror nos congelaba… Dejamos de hacerlo para no enloquecer… Seguimos buscando sus nombres en el diario, algún indicio de sus vidas…

Pensábamos que la muerte nos acechaba, que no íbamos a ver crecer a nuestros hijos, que ellos no conocerían la democracia…

 

– ¿Cuáles fueron los puntales que les ayudaron a seguir adelante en aquel contexto tan adverso? ¿Y qué significó la fe en ese momento?

Dios nunca abandona a su pueblo y en medio del terror surgieron las Madres, “las locas de la Plaza” que salieron a defender la vida de sus hijos, que con sus marchas pacíficas, insignificantes, sabias, inclaudicables… fueron echando luz y sembrando esperanza en la noche oscura de nuestra historia.

Y se fueron sumando otras voces  y otras solidaridades, desde adentro y desde afuera de nuestro país, desde los organismos de derechos humanos y desde la sociedad civil… y la resistencia fortalecía nuestra fe.

 

– ¿Y cómo vivieron el advenimiento de la democracia?

¡No podíamos creer que la dictadura llegara a su fin! Fueron tiempos de volver a ocupar la calle, de encuentros y reencuentros con tantos compañeros, de abrazos y de lágrimas. Resurgía en nosotros la posibilidad de volver a soñar, de caminar libremente por las calles, de pensar en que era posible construir un país más justo.

 

– Luego de aquella larga noche que hemos vivido como país entre 1976 y 1983, ¿Qué es lo que mas valoran de estos 40 años de democracia?

La consolidación de la democracia y con ella el crecimiento en conciencia de derechos, de inclusión, de redistribución de los ingresos, de acceso al trabajo, a la educación, a la salud, a la cultura, el fortalecimiento del estado, las posibilidades para niños y jóvenes de ser y crecer, de crear y transformar

 

¿Y lo que mas les apena y nos urge mejorar como sociedad?

Nos preocupan, nos alarman las señales y el ánimo que atraviesan al nuevo gobierno: los miles y miles de despedidos, el abuso de los recursos represivos, la voz de la justicia ligada a los poderes económicos hegemónicos, el ocultamiento de la información, el pago incondicional a los fondos buitres, el endeudamiento…

 

¿Qué mensaje le darías a un/a joven que ha nacido y crecido en democracia y no ha vivido aquellos tiempos difíciles?

Cada 24 de marzo debe ser una jornada de construcción de sentidos. Volvamos a marchar cada año para seguir consolidando y profundizando la democracia, para que la memoria colectiva nunca deje de florecer y para que el “nunca más” del horror y el terrorismo de estado sea posible.

La memoria colectiva se construye permanentemente, ilumina el presente y se proyecta hacia el futuro en la vida de los pueblos y en nuestras propias vidas y nos permite percibir qué queremos y qué no queremos que se repita.

Y a nuestros jóvenes, en esta nueva noche oscura, más sutil y encubierta, les propondría cuidarse unos a otros, no entrar en provocaciones, no perder la alegría y continuar creando y recreando renovadas formas de participación y transformación

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